jueves, setiembre 08, 2005

Homeless

Anoche fue una de esas noches...
Cineforum había terminado tarde. El público se emocionó comentando La venta indiscreta de Hitchcock y la sesión se extendió hasta las diez. A esas alturas del partido sólo tuve dos opciones: Tirarme una hora de viaje y regresar a mi casa en Sullana para soportar por tercer día consecutivo los sermones de mis papás sobre no llegar tan tarde a casa, que la situación es peligrosa, que los choros, etc. O, ir al cumpleaños de Zaira, comer, beber y pasarla bien con algunos amigos a los que no veo hace siglos. La decisión no se me hizo tan difícil.
Fui a lo de Zaira. Llegué de último. Abracito a la complementada, saludar a todos los presentes, recibir mi plato con pollo, arroz tapado y ese dulce de piña que ya aburre. Ponerme al día con los rajes, rememorar algunas anécdotas de la universidad, cantar el happy birthday, tragar tortita, beber una sangría somnifera y a despedirse que mañana tengo clases tempranito.
Eran las dos de la mañana y me dirigí al departamento en el que vive mi hermana. Tenía las llaves conmigo así que podría entrar sin tener que despertar a nadie. Tras veinte minutos de caminata, medio zampado y pelándome de frío, por fin llegué al depa. Y me topé con el primer problema. Si bien tengo las llaves de la entrada y de adentro, no tengo, en cambio, la de la reja que construyeron hace poco delante de la entrada. Y esa reja estaba con llave. Bueno, no era la primera vez que la encontraba así. Hice lo mismo que en ocasiones anteriores y empecé a tocar. Nada. Toqué y toqué, ahora un poco más duro. Silencio absoluto. Caray. A lo mejor no hubiera nadie adentro, o quizá estuvieran profundamente dormidos. Iba a golpear la reja una tercera vez cuando el ruido de un silbato -insistente- me detuvo en seco. Esto terminó por hacer la situación aún más incómoda. El vigilante de la calle se dirigía en mi dirección. Maldición. No quise complicar más el asunto por lo que decidí irme de ahí. (Lógica de borracho, no intenten comprenderla).
Dos y media de la mañana. El viento helado de la noche me había teminado de quitar el sopor causado por la sangría. Caminaba por la Sanchez Cerro sin rumbo fijo, con las manos en los bolsillos y mi pesada mochila en la espalda. A ver, a ver, ¿qué hago ahora?... se me ocurrió la cantidad de amigos que suelen ofrecerme sus hogares cuando debo quedarme en Piura, pero la verdad es que era muy tarde como para ir a fastidiar a cualquiera de ellos y a sus familias. Recordé que en estos casos solía ir a casa de Erick, el único de mis amigos que vivía en Piura solo. Pero Erick ahora vive nuevamente en Talara, con sus padres, y se me hace tarde, y debo pensar en una solución para mi dilema en vez de distraerme con recuerdos lejanos. Entonces vino a mi mente una última esperanza salvadora: Nicky. Me había comentado hace una semana que, ahora que anda de vacaciones forzadas, se estaba acostando a las tres de la mañana. El cuarto de Nicky tienen entrada independiente, así que si lo fuera a fastidiar no tendría que despertar a toda su familia. Perfecto. Enrumbé a toda velocidad hacia su casa y tras unos diez minutos al fin llegué. Otra reja con llave. Carajo. ¡Maldigo mil veces a quien sea que inventó las rejas con llave! ¡Púdrete maldito, donde sea que estés! Desde afuera se alcanzaba a ver la ventana del cuarto de Nicky. Todo apagado. Encima el cuñao debía estar jateando de lo más lindo.
Debí admitir mi derrota. Iban a ser las tres de la madrugada y no podía ir a fastidiar a nadie más por una tontería así. Demasiado tacaño, no quise gastar en un hostal, ni nada. Entonces, las bancas de la plazuela Merino refulgieron a lo lejos, invitándome a acompañarlas. Me dirigí para allá y me aplasté sobre una.
La avenida Sanchez Cerro estaba vacía y en silencio. Los barredores municipales terminaban ya su faena madrugadora y recogían las últimas bolsas con desperdicios. Algunos vigilantes paseaban de rato en rato, me quedaban mirando con extrañeza y luego seguían su rumbo sin decir ni pío. Yo, me cagaba de frío y de sueño. Me cabeceaba por momentos, pero ni de vainas me iba a quedar dormido en una banca de parque (había que mantener lo poco de dignidad). Tuve tres horas para meditar sobre un huevo de cosas y para imaginar historias y reirme de mi situación. Las seis de la mañana me encontraron cantando por quincuagésima vez Al Alba de Luis Eduardo Aute, listo para irme a casita. Que se joda la clase que tenía a las siete.
Al final aprendí la lección, ya no puedo seguir confiando en la providencia. Eso de terminar pasando la noche en un parque, porque no tienes a donde más ir, no es la voz.

4 comentarios:

Steve dijo...

que mala suerte.... nunca me ha tocado vivir una situación asi de buena suerte siempre he podido llegar a la hora que queria a mi casa y nunca ha estado a una hora de camino :P.

Esos son los momentos en que tienes q pensar "El Señor es mi pastor nada me falta" .... bueno me falta una chompa y una cama :P

Angel dijo...

Si pues, también es en momentos así que uno desearía haber elegido soplarse un sermón en vez del trago... (claro, nunca lo admitiré frente a los sermoneadores).

Man Ray dijo...

Qué jodido.

Me han pasado cosas así, pero me fui caminando a casa (un par de horas de madrugada)... aquí en Lima no es tan simple escoger una banca y echarte a dormir si no quieres amanecer calato y sin un riñón.

Buena historia.

Mamá de 2 dijo...

Bueno, wón, sufres porque quieres. Tienes mi número de celu, conoces mi casa, nadie vive conmigo... para colmo, somos patas. Pero no, el niño ni siquiera recuerda que existo...

Gracias a Dios no te pasó nada peor.

¡Bah!